miércoles, 6 de febrero de 2008

NotaII de una deambulante inmóvil//lo que deja el amor: la añoranza

NotaII de una deambulante inmóvil//lo que deja el amor: la añoranza
DESEO: paseo a la soñada

Ocurre con las ciudades lo que con los sueños: todo lo imaginable puede ser soñado, perohasta el sueño más inesperado es un acertijo que escondeun deseo, o bien su inversa, un temor.Las ciudades, como los sueños, están construidas de deseos y temores, Aunque el hilo de su discurrir sea secreto, sus normas absurdas, sus perspectivas engañosas, y cada cosa esconda otra.
Ítalo Calvino
Trato de reconstruir la ciudad a la que pertenezco. Armo de recuerdos su maqueta. Desde allí, desde la memoria, las piezas se encajan y se pulen, haciendo que el lugar mejore. Observo cómo sus calles se enfilan, los árboles surcan el cielo. Todo es calma, paz. La ciudad es toda ella un valle fértil, que parece sacado de una postal del paraíso. Postal y viandante son casi caras de una misma moneda, por eso es una postal, mientras que yo soy su paseante, el que entra en ese Edén que, a pesar del concreto y el asfalto, deja que la naturaleza respire con toda su fuerza. Atravieso las calles que en otro tiempo eran ruidosas. Observo como la luz del trópico se trasluce en un verde que encandila los ojos. Me maravilla pensar en la belleza de este lugar, con una sierra que se alza como un gran dios vigilando a sus fieles. Si algún día se despertara ese Dios dormido, cubierto de senderos y cascadas, todos los habitantes perecerían por la grandeza de sus formas. Estamos a sus pies mientras el descansa en ese sueño inventado. Me miro y me descubro explorador, con ojos curiosos y pies dispuestos. Me desplazo por ella como por el cuerpo de la persona amada. Soy un amante que descubre la hermosura del otro que también es él mismo, porque se ve acariciando con sus pies el espacio al que pertenece, el que le recibió de otro viaje que no recuerda, que ahora no importa recordar. ¿Qué fue de la otra ciudad, de esa que ardía en contradicciones, contrastes y pasiones desgarradas? ¿dónde está la ciudad ruidosa y exhausta? ¿dónde están sus habitantes coloridos, ambiciosos, que vivían como si la vida se les acabase en cualquier momento? No sé dónde está aquella otra ciudad, escenario de un caos frenético y de pasiones arrolladas. En su lugar está ésta otra, usurpadora oportuna, calma y bella, segura y amable. Pero me confundo, está no es mi ciudad. Es otra, casi poética que construyo desde la ensoñación, siguiendo a un filósofo francés que seguro nunca puso sus pies en ella y que si me mirase me diría que “la ensoñación nos entrega ese álbum de lugares con una prodigalidad que no encontraríamos en múltiples viajes. Imaginamos mundos donde nuestra vida tendría todo el esplendor, todo el calor, toda la expansión posible” (Bachelard, 1993: 44). Y es así, desde la distancia reconstruyo la ciudad a la que pertenezco y es casi poética, casi poesía, porque es pura imagen, sensación de palabras y memorias, tocadas por la distancia y la añoranza. No estoy en esa ciudad. Soy sólo un visitante extraviado en sus pensamientos, en una ciudad que es la suya porque él mismo la ha creado, sobre las ruinas de otra cierta real, terrible. Hay tantas ciudades como discursos puedan nombrarlas. Cambian con cada mirada. Cada una es un viaje distinto, viaje al fin. Y cada uno de estos desplazamientos tiene ojos propios, caminos, pensamientos. Cuando pienso el lugar donde he nacido y vivido desde la lejanía, está silencioso y bello. Lo recorro sin temor, la muerte deja de ser el compañero acostumbrado y el valle se alza con la calidez del recuerdo. Al abrir los ojos, ya no está más. Con los ojos abiertos, descubro que únicamente se trata de una reconstrucción soñada, nada real. Mi ciudad es otra, es violenta y feroz. La naturaleza se alimenta con sangre y el viaje soñado cede espacio a otro viaje, el del cuerpo, no al del sueño.